La amebiasis es la tercera enfermedad parasitaria más importante del mundo y está catalogada como la tercera parasitosis causante de muerte.
Tiene una distribución mundial, y es más frecuente en regiones tropicales, climas cálidos y templados.
Probablemente, nuestros estimados lectores estarán familiarizados con el término “amibas”, formándose la idea que es solo un tipo de parásito; sin embargo, es interesante saber que existen siete tipos de amebas que pueden estar presentes en el organismo de las personas: Entamoeba histolytica, Entamoeba coli, Entamoeba gingivalis, Entamoeba harmanni, Iodamoeba bütschii, Dientamoeba fragilis y Endolimax nana.
A lo largo de la historia se han realizado múltiples campañas para tratar de evitar la presencia de las “amibas” o amebas, agentes causales de la amebiasis (proceso infeccioso del intestino grueso producido por E. histolytica); a pesar de ello, el problema se vuelve complejo al existir poblaciones que no tienen acceso al agua potable, sin embargo, también es importante señalar que existe otro tipo de población que a pesar de contar con el recurso del agua adolecen de esta enfermedad, ya sea por descuido, falta de higiene o por ingenuidad al creer que nunca podrían padecerla.
La amebiasis no respeta raza, sexo ni estatus social y puede sufrirla desde el más pequeño infante hasta el adulto mayor, siendo mas frecuente en niños y adultos jóvenes.
Se estima que el 10% de la población mundial está infectada por Entamoeba histolytica, lo que resulta en aproximadamente 50 millones de casos de amebiasis invasora y hasta 100,000 muertes anuales.
La prevalencia de la infección amebiana depende de hábitos culturales, edad, nivel de saneamiento, hacinamiento y condición socioeconómica.
La amebiasis se transmite por medio de agua contaminada, alimentos, utensilios, o directamente por vía oral cuando la persona infectada no se lava las manos después de defecar y las introduce en su boca, ya que el ser humano es el principal reservorio de estos parásitos.
Los síntomas que se presentan de manera progresiva, y dependiendo del lugar en que se localicen los quistes, son: dolor de cabeza, cansancio, náuseas y vómitos, dolor abdominal intenso (el cual puede confundirse con otras enfermedades), pérdida del apetito, baja de peso, sudoración excesiva, fiebre elevada, anemia y diarrea líquida generalmente acompañada de moco y sangre, entre otros.
La enfermedad se desarrolla en dos fases: fase aguda, la cual es la más grave y dura de semanas a meses, y fase crónica, que puede durar años y si no es tratada adecuadamente podría tener un desenlace fatal.
Es sumamente importante identificar y tratar a los portadores asintomáticos, ya que son una fuente potencial de trasmisión de la enfermedad.
Es por ello, amigo lector, que es recomendable realizarse un chequeo médico junto con un examen general de heces.
Los fármacos utilizados para el tratamiento de esta enfermedad dependerán de la gravedad y la localización de los quistes y en el caso particular de los adultos cabe recalcar que durante el tratamiento deben abstenerse de ingerir bebidas alcohólicas y evitar hacerlo hasta varios días después de terminar la dosis prescrita. Además, mejorar los hábitos higiénicos y ambientales en el hogar, ingerir agua purificada, evitar comer en lugares en donde la higiene esté deficiente o dudosa y lavarse bien las manos después de ir al baño y antes de tocar, preparar o consumir alimentos, son medidas que ayudan a prevenir la enfermedad.