El éxito sandinista en Nicaragua, y los diversos replanteamientos políticos que se han venido dando en la región en los últimos tiempos, responden sin duda a fenómenos derivados de la fragilidad de nuestras democracias y a la necesidad de ir buscando alternativas de cambio, sin salirse de las formas democráticas. En esta ruta, resurgen tentaciones del pasado, y la primera de ellas es el populismo. En América Latina, por diferentes insatisfacciones acumuladas, los gérmenes del populismo nunca desaparecieron; pero en estos últimos años el populismo ha vuelto a levantar cabeza, con todos los riesgos desquiciadores que eso trae consigo.
La distorsión esencial del populismo consiste en utilizar las necesidades de la gente como ganzúa para forzar las estructuras institucionales y sociales en provecho de aquéllos que lo practican; y aunque hay más ejemplos de populismo de izquierda, no es la ideología lo que lo distingue —pues también hay populismos de derecha—, sino esa utilización perversa, abusiva y destructiva que señalábamos al principio. La tendencia populista nunca se da por casualidad: hay condiciones que lo potencian, y a ellas hay que apuntar para evitarlo.
La democracia es, desde luego, el mejor método practicable para garantizar la sana evolución política, social y económica; pero cuando las expectativas ciudadanas pueden no sentirse debidamente correspondidas por la forma en que se va configurando el régimen de libertades, en especial en lo tocante a la satisfacción de necesidades básicas. Ahí puede tomar fuerza la tentación populista; y por eso es vital que la democracia vaya funcionando bien, tanto en lo político como en lo económico.
Nadie es inmune a este virus
Dadas las condiciones del entorno latinoamericano, ninguna de nuestras sociedades está vacunada contra el populismo, y por eso hay que estar permanentemente alertas ante cualquier riesgo que le abra espacios. Como decíamos antes, el populismo sólo pega ahí donde la institucionalidad ha fracasado. Esto tenemos que tenerlo siempre presente. O sea que la verdadera lucha contra el populismo es la que se traduce en fortalecimiento institucional, en todos los órdenes de nuestra vida como sociedad.
El Salvador ha hecho importantes avances estabilizadores durante el transcurso de la posguerra; pero no es secreto para nadie que en el ámbito de las instituciones falta muchísimo por hacer para asegurar que la estructura nacional sea moderna, integrada, efectiva y estable. En tanto esto no se halle suficientemente claro, las tentaciones y las amenazas populistas seguirán estando al acecho.
Cuando vemos el panorama latinoamericano de nuestros días, lo que debemos preguntarnos en realidad es por qué se están dando estos rebrotes tan impetuosos del populismo. Para que haya populistas que logren ganar el apoyo de amplios sectores sociales, es necesario que haya en el ánimo de la gente mucho desencanto o disgusto con la forma en que se manejan los intereses ciudadanos. En otras palabras: la democracia exige autocrítica constante por parte de todos. Y esto es depurativo para todos.