Así como están las cosas sobre el escenario de la competencia electoral, que en buena medida refleja las incertidumbres, los desafíos y la expectativas de la realidad nacional, uno de los retos más urgentes es y será asegurar al menos un mínimo de gobernabilidad sostenible de cara al inmediato futuro. Y cuando hablamos de gobernabilidad nos estamos refiriendo a algo mucho más consistente y confiable que los acuerdos coyunturales entre partidos, como se ha visto en el manejo ya tradicional de las decisiones legislativas, sobre todo aquellas de mayoría simple. En cuanto a las de mayoría calificada, su gestión se ha visto crecientemente traumatizada por las actitudes de los partidos grandes.
Por otra parte, hay a todas luces una competencia especialmente en dos niveles: el presidencial y el legislativo. La primera, protagonizada por ARENA y por el FMLN; la segunda, por el PCN y el PDC. Y en ambos niveles hay recriminaciones y rispideces a granel. En el Foro Político de LPG, personeros de alto nivel del PDC, en una conferencia muy sustanciosa para entender algunos intríngulis de la disputa, hablaron de promover, en la nueva legislatura, una “gobernabilidad pactada”, en vez de una “gobernabilidad pagada”. Se sabe por dónde va el tiro.
Pero insistimos en lo mencionado antes: el país y su proceso de democratización requieren un esfuerzo de gobernabilidad que tenga componentes claros de permanencia; es decir, que se asuma como una demanda estructural de la democracia y no como un producto coyuntural de los intereses políticos partidarios.
Hacia una estabilidad segura
Como hemos experimentado en años recientes, de seguro el factor más perturbador de la estabilidad del proceso nacional en su complejidad y en su conjunto es la falta de mecanismos para lograr entendimientos básicos entre todas las fuerzas políticas del país, que incluyan, desde luego, a las fuerzas económicas y sociales que tanto peso tienen en el ambiente. Porque lo que se llama gobernabilidad es en el fondo la capacidad de responder de manera integrada a los problemas principales que la realidad le va poniendo a la nación en su dinámica evolutiva. Ningún país que haya logrado dar verdaderos saltos de calidad en su desarrollo lo ha hecho sin plataformas básicas de entendimiento entre todos.
Aunque parezca que este es el momento menos propicio para crear esas estructuras de responsabilidad compartida, las mismas dificultades que enfrentamos son el argumento de mayor fuerza para afirmar que este es el momento más idóneo para pasar de la perversa lógica de la trinchera y entrar en la saludable lógica de la mesa.
Tenemos sobrada experiencia histórica para enfrentar un reto semejante, y lo que falta en verdad es afinar voluntades con el instrumental de la responsabilidad. Las fuerzas políticas están en abierta competencia, y eso es democráticamente sano en sí; pero no hay que confundir competencia con pelea interminable, porque eso aparte de insano es atentatorio contra lo que con tanto esfuerzo y sacrificio se ha venido levantando en el país.