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Sendas y surcos
¿Otro orden económico mundial?



Juan Héctor Vidal/ Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
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Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 10/6/2008

Al momento de escribir esta columna, ya el Senado de Estados Unidos había puesto su cuota en el intento de hacer frente a la catástrofe financiera focalizada en el corazón del capitalismo moderno; pero el mundo seguía en vilo esperando una rectificación en la Cámara de Representantes, cuya renuencia a aprobar el paquete de ayuda el lunes anterior ocasionó pérdidas, solo en Wall Street, superiores en más de 400,000 millones al monto en que se había cifrado el paquete inicial. ¿Y a cuánto habrán ascendido las pérdidas a escala global, cuando las principales bolsas del mundo también fueron arrastradas por la de Nueva York, como parecía normal, en un sector totalmente interdependiente a escala planetaria?

Después de la negativa de la Cámara Baja a aprobar el plan que había sido acordado por los líderes de ambos partidos en complejas negociaciones del fin de semana —partiendo de una propuesta del presidente Bush— empezaron los señalamientos.

Se culpó a Nancy Pelosi (D), su presidenta, por el pésimo manejo que hizo de la situación; a los temerosos congresistas de perder apoyo para su reelección en noviembre próximo, a los mismos dueños de Wall Street —que también fueron acusados sin misericordia por la gobernadora de Alaska en el debate que mantuvo con su contendiente a vicepresidente el jueves por la noche— y hasta el hecho que no se pudo explicar con claridad en qué consistía y quién pagaría el costo del rescate.

Aun cuando los estadounidenses, a través de sus líderes políticos, se pongan de acuerdo para sacar a su país de la crisis —aunque no sea tan grave como la de los años treinta— es indudable que el mundo entero ya no será el mismo a partir de este lunes.

Ya los europeos están pensando en una cumbre mundial para la refundación del capitalismo financiero internacional, lo cual parece inevitable ante las repercusiones de un fenómeno que comenzó por la irresponsabilidad crediticia en el sector inmobiliario de Estados Unidos (debido a la falta de regulación), pero que en menos de un año contaminó a todo el mundo a través de los tentáculos del mercado global.

Los socialistas de nuevo cuño solo ven en esta debacle a un culpable: “el capitalismo salvaje” y su expresión objetivada en el neoliberalismo que empezó a extenderse, aun en los países avanzados de Europa, bajo eso que Reagan llamaba la “magia del mercado”. Pero de allí a que desaparezca el capitalismo como sistema —como lo anticipan los apologistas del socialismo del siglo XXI— hay una gran diferencia.

Lo que sí resulta inevitable es un nuevo orden mundial dentro del mismo sistema que, con todas sus fallas, ha sido el motor de la prosperidad global por más de doscientos años. En este nuevo orden, seguramente las ideas de Smith serán recordadas solo como una reliquia, pero acaso renazcan con fuerza las de Keynes, bajo cuyo pensamiento se sentaron las bases para que el capitalismo saliera fortalecido después de la Gran Depresión.

De allí surgió Bretton Woods y se le puso paro a la expansión del marxismo. Pero también con ello se blindó al mundo de los errores que se cometieron con el orden económico instaurado por el Tratado de Versalles (1919), sobre la base de un capitalismo victoriano que, según Saxe y Petras, había codificado las enormes asimetrías internas e internacionales que dificultaron la creación de estímulos para la expansión económica.

Sin embargo, la historia apenas está comenzando de nuevo. Krugman (De vuelta a la economía de la Gran Depresión, 1999) cita a Keynes diciendo: “Nos hemos metido en un lío colosal, después de habernos equivocado en el control de una delicada máquina cuyo funcionamiento no entendemos”. Eso fue en 1930. ¿Estaremos hoy siendo cómplices de la misma ignorancia?