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Editorial
Prepararnos para tiempos más difíciles

Lo que se impone es el análisis serio, lo más objetivo posible, y la disposición a tomar medidas que ordenen, en lo posible, las salvaguardas frente a la crisis.


Imprimir Enviar nota Fecha de actualización: 10/6/2008

La crisis financiera estadounidense, sin precedentes de similar magnitud en los últimos 80 años, se da, además, en un escenario de creciente globalización, y, por consiguiente, sus efectos tienden a ser de inmediato más globales que nunca. Nuestro país no puede estar ajeno a este fenómeno tan complejo y conmocionador, y cuanto antes hay que tomar conciencia y responsabilidad de ello, para que las potenciales consecuencias adversas no nos tomen desprevenidos, como casi siempre ocurre. Ya en los distintos sectores más vinculados con los focos vivos de la crisis se están viendo señales de alarma. Los exportadores, para el caso, prevén bajas de hasta el 20% para finales de 2009. Y la disminución del flujo de divisas, aún no dramática, podría acelerarse.

Como sucede con las enfermedades más graves, en un primer momento la tendencia es a la negación; viene después el desconcierto; y eso puede desembocar en el pánico o en la resignación pasiva. Todo ello es sumamente peligroso. Lo que se impone es el análisis serio, lo más objetivo posible, y la disposición a tomar medidas que ordenen, en lo posible, las salvaguardas frente a la crisis. Esto requiere más seguridad, más responsabilidad compartida, más trabajo intersectorial, más entendimiento político.

Y el problema con el que adicionalmente nos encontramos es que todo lo mencionado parece poco menos que imposible de consolidar en el ambiente de extremada tensión electoral que vivimos. Es como si la realidad, desde sus diversos ángulos, tanto nacionales como internacionales, nos estuviera apremiando a todos a demostrar una sensatez de presente y de futuro que por ahora brilla por su ausencia en el ambiente.

Canasta de problemas

En períodos o momentos especialmente complicados, como el que estamos viendo desarrollarse en el mapamundi, en nuestra región y en el país, da la impresión de que todo se halla en crisis. Nunca realmente es así, y, por tal razón, hay que hacer siempre un esfuerzo consistente para que la angustia no controle el timón de las decisiones. De igual manera, es riesgoso al máximo tratar de refugiarse en una actitud disimuladora de las verdaderas magnitudes e impactos de la problemática en acción. Hay que tomar el toro por los cuernos, para evitar cualquier cornada mortal.

En el país, estamos ante una verdadera canasta de problemas, económicos y políticos. Esta es una auténtica prueba de fuego, y reconocerlo así debe ser imperativo para todos los sectores, públicos y privados, en los distintos niveles de responsabilidad o de influencia. Pensar que vamos a capear el temporal con un pequeño paraguas hechizo es totalmente ingenuo. Y como no se trata de una crisis de efecto simplemente instantáneo, como sería un chubasco pasajero, las estrategias y las medidas tienen que responder a las eventualidades de un fenómeno climático grave, de duración imprevisible.

Nuestro país tiene buenas bases macroeconómicas, pero esas bases podrían erosionarse si no se apuntalan con medidas urgentes de protección, como sería llegar a un acuerdo para el refinanciamiento de la deuda. En estas condiciones, la política debe demostrar que puede ser bastante más que un juego político de ocasión.