Aprender efectivamente depende del trabajo del maestro que enseña. Si al profesor no le gusta lo que hace y con quien lo hace, ninguna capacitación en servicio puede hacer diferencia alguna. Si al profesor no le gusta lo que hace, cualquier intento por motivarlo a que lo haga de otra manera es infructuoso. Si al profesor no le gusta lo que hace, es imposible influir en lo que todos los días hace o deja de hacer. Buscará y encontrará una y mil razones para excusarse.
Cuándo se contrata a los/las maestros/maestras, supongo que se explica la justificación y objeto del contrato: enseñar a aprender a un grupo promedio de 35 alumnos en un periodo de 200 días y 1,000 horas de trabajo anual. Supongo que el contrato de servicios profesionales tiene previsto el compromiso de demostrar y comprobar el resultado en el aprendizaje efectivo. Supongo que en el proceso y desafío profesional de dar resultados verificables y comprobables, el maestro tiene vivencias que motivan la investigación y la autoformación. Supongo que en este proceso, todos los días reconoce y comprueba que la tarea nunca está terminada, que siempre es perfectible y es la de nunca acabar porque el proceso es así... permanente.
Estoy convencida que en el aula es donde se da efectivamente el cambio. Allí es donde se hace la diferencia. Por esto hay que preguntarse... ¿qué motiva a un estudiante egresado de Educación Media matricularse para estudiar un profesorado? Y ¿qué motiva a un graduado ejercer su profesión? Estas preguntas son válidas porque en esta profesión y ocupación hay mucho trabajo pero poca competitividad salarial. Nunca habrá salarios exorbitantes en educación. Si de tener ingresos se trata, esta profesión no da para mucho. Es por esto que el proceso de selección y evaluación de los que quieren entrar a formarse debe asegurar que entran los mejores y los más motivados. Acá debe empezar el profundo cambio.
En El Salvador, los maestros no están mal pagados, me dijo un consultor internacional. Su retribución es más del doble del Producto Interno Bruto per cápita. No están mal y han logrado el respeto de los incrementos establecidos por ley. Pero... si la aspiración es ganar bien y más, están en la ocupación equivocada porque el servicio, que es un servicio público, no da para más ni para mucho. Por esto, debe establecerse un sistema estricto para la selección de los candidatos a formarse esta ocupación.
¿Hay criterios para atraer y seleccionar a los que se ocupen de la educación de más de un millón de niños y adolescentes? Según los registros académicos de la institución “A”, el 85% de los que ingresan a estudiar profesorado tiene menos de 6 puntos en la PAES y en la institución “B”, el 70% tiene menos de 6 puntos. En nuestro país, son muchos los que entran a formarse en profesorados, la gran mayoría tienen bajo desempeño académico y estudian con la certeza del riesgo de nunca entrar al sistema público (que es la aspiración por la estabilidad). Hay evaluación. Sí pero insuficiente y tardía, la ECAP.
Ante esta realidad, es obvio que en nuestro país no aplicamos la primera de las tres reglas básicas en países con los mejores resultados en educación: Singapur, Finlandia y Corea (McKinsey). En estos países se limita el número de cupos en las escuelas de formación de maestros a la demanda real; seleccionan cuidadosamente a los que quieren entrar para asegurar que ingresan los mejores y gastan mucho en su formación. Hacen, para decirlo de manera sencilla, el trabajo donde debe iniciarse.
Si no hay una buena formación de base, ninguna inversión ni gasto futuro para “remendar”, “reparar” o superar deficiencias tiene impacto en la enseñanza efectiva. Si la formación inicial no es la adecuada, ningún esfuerzo de “actualización profesional es válido y se termina gastando y desperdiciando cuantiosos recursos. Si no se tienen los cimientos básicos en la formación, el futuro de la educación de niños y adolescentes es incierto. La formación inicial de docentes debe revisarse y renovarse porque tener buenos profesores depende de cómo se les selecciona y se les forma.
Pero no basta con tener formados buenos docentes. Es fundamental asegurar que al ejercicio profesional entran los mejores, y esto significa una cirugía mayor al sistema. Asegurar que en las aulas, especialmente del sector público, están los mejores maestros, los motivados, los competentes y los comprometidos significa reformar profundamente el sistema. Y esto significa depurar la formación y la planta docente.