Aquello parece la continuación de la roca saliendo del suelo, pero revestida de perfección: son las murallas de Ávila. Usted creería que las levantaron el día antes de su llegada como turista, pero tienen casi mil años... Circundan por dos kilómetros a la parte antigua de la ciudad, como un inmenso trapezoide de granito, con sus noventa torres almenadas y nueve puertas de variados estilos. Las murallas de Ávila dan a la ciudad su rango de baluarte de la cristiandad en el largo trecho histórico de la reconquista.
En sus plazas y callejones sale a encontrarnos la edad media. Su origen se remonta a los celtíberos de quienes quedan como testimonios los abundantes toros de piedra en los patios abulenses
Esta visita es un viaje al pasado para el paseante deseoso de la paz de los burgos de una época que se extinguió. Un itinerario obligado empieza por la sobria Catedral, bello y curioso templo con elementos de fortaleza militar, función que en un tiempo desempeñó efectivamente. El mismo ábside reproduce la curvatura de una de las torres almenadas de la muralla. Tan extraño templo posiblemente data del año 1100 y lanza sobre la pequeña y límpida plaza la sólida belleza de su estructura romántica de transición al gótico. La fachada de piedra y ladrillo solo ostenta un importante torreón. El otro quedó inconcluso. Una de las joyas del arte español es el deslumbrante retablo tras el altar mayor, compuesto de 24 tablas de Berruguete.
Ciudad de cantos y santos han llamado a Ávila. ¿Quién no sabe algo de Santa Teresa de Jesús, la mística e insigne literata? La ciudad está llena de sus recuerdos, al grado de que puede hablarse de un itinerario Teresiano que incluye los lugares que frecuentaba, para concluir en el convento en donde profesó. Allí está la sala en la que se reunía con San Juan de la Cruz, otro artífice de las letras castellanas y quien fuera confesor de su orden de las Carmelitas Descalzas. En el claustro, construido con sencilla belleza en el sitio de la antigua casa familiar, está la habitación donde nació, ahora convertida en delicada capilla. En una urna se conserva el crucifijo que tenía en sus manos al morir.
Otro santo abulense es San Vicente Mártir —que no es el mismo que se venera en la ciudad salvadoreña de este nombre, aunque este último también es español—. Del San Vicente de Ávila se cuenta que fue martirizado en 306, junto con Sabina y Cristela. En el sitio del suplicio —dice la leyenda— una serpiente velaba los santos restos. Cuando un judío quiso profanarlos se enroscó a su cuerpo, hasta que el infeliz juró construir un templo allí mismo. Ahora es la bellísima Basílica de San Vicente, afuera de las murallas. Los tres mártires están sepultados en el interior, exornados de bellísimos relieves.
Fuera también, al noreste, entre el río Adaja y las murallas está la Iglesia de San Segundo, con tres ábsides, espadaña y cubierta de madera. La joya de esta ermita es el sepulcro del Santo en alabastro puro.
Atardece. ¿Qué tal ahora una aventura gastronómica abulense? La ternera de Ávila es plato que ha recorrido el mundo, igual que el cochinillo trinchado y las truchas del vecino Adaja. Judías con chorizo o garbanzos con jamón son dignos acompañantes. Si el comensal se atreve —bajo su propio riesgo— podría terminar con una ración de caldereta de cabrito... más un postre de yemas de Santa Teresa... y como antídoto, un buen remojo con vino de Cebreros, de fuerte graduación alcohólica.