Hasta hoy, las denuncias de los habitantes de las colonias Santa Lucía y La Cima I de San Bartolo, en el municipio de Ilopango de San Salvador, se podrían resumir con mucha facilidad en que ni lo de “primero la gente” ni lo de “sentido humano” han logrado aliviar la zozobra que han creado dos inmensos hoyos. Porque igual de inmensos siguen siendo los temores de estas personas que aún tienen, para algunos, las agallas de vivir cerca de los barrancos.
Pero para los habitantes de estas urbanizaciones, la cuestión va mucho más allá de tener agallas o no. “Hace tiempo que me hubiera ido, pero no puedo pagar otra casa porque esta ya se la estoy pagando al Fondo (Social para la Vivienda)”, lamenta una ama de casa en Santa Lucía, que tiene un abismo a unos 30 metros de su hogar. En esa residencial, unas 20 casas cercanas al borde del hoyo ya están vacías, y las más cercanas enseñan en sus paredes y divisiones las grietas que advierten que pronto llegará su turno de irse al vacío.
Miedo, esa es la palabra cotidiana para ellos. Pero también tristeza y desamparo. “Nos sentimos abandonados”, dice una señora de 80 años en San Bartolo. Mientras tanto, en Santa Lucía, una mujer razona: “¿Por qué dicen que Alcaldía de Ilopango, que MOP? Los diputados de la Asamblea de ARENA y PCN dicen que Ilopango es el responsable de reparar los hoyos, porque aquí ocurrió la desgracia. Y los del FMLN les responden que también el Gobierno debe hacer algo. Es cierto que somos de Ilopango, pero Ilopango no es un país. Vivimos en El Salvador, ¿o me van a decir que no? Entonces que el Gobierno y el MOP respondan también”.
Hace más de una semana, el ministerio y la alcaldía se enfrascaron en una polémica por falta de dinero. Los dos, con el mismo argumento, han permitido que las dos cárcavas sigan ensanchándose y que sus ciudadanos sigan sufriendo.
Desde la cartera de Gobierno se dijo que la única colaboración que se podía brindar era prestar la maquinaria, y que los demás costos debían correr por cuenta de la alcaldía. La municipalidad dijo no.
Luego llegaron las críticas. Primero, desde la Asamblea, un ataque del pecenista Elizardo González Lovo: “Cómo dice la alcaldesa que no tiene fondos si Alba Petróleos le acaba de suministrar dinero, supuestamente, para obras sociales. Entonces que ponga los fondos municipales a disposición”. Y después, el consecuente contraataque del efemelenista Gaspar Portillo: “Quieren arreglar calles en Soyapango a la fuerza, cuando el alcalde no ha pedido ayuda. Pero para esta emergencia en la que hay vidas en juego, y ya tienen el llamado de auxilio de la alcaldesa, se hacen los desentendidos”.
El Código Municipal habla de las competencias de las alcaldías, como el atender estos casos, pero en todo momento se aclara que esas competencias no anulan a las de la administración pública.
Los vecinos de las colonias llegaron a la Asamblea el lunes pasado a pedir que se decretara un estado de emergencia en esas dos zonas, para que así se agilizara la pronta ayuda que debían —deben— recibir. La Asamblea respondió a la urgente propuesta con que la alcaldía debe primero presentar un informe de la situación, y luego se determinará qué es lo que van a hacer.
No hay informe aún. No hay decreto de emergencia. Mucho menos hay una solución para los vecinos de la Santa Lucía y San Bartolo.
Cada noche, dicen, no duermen tranquilos. Se oyen retumbos, tiembla de vez en cuando. Ven cómo poco a poco el cielo de duralita de sus casas se despega de los bordes de las paredes, y les ha tocado presenciar la suerte —pésima— de los vecinos más cercanos a los hoyos, cuando las lluvias provocan que se abra más la tierra y se devore sus hogares. Algunas amas de casa, cuentan, pasan con sus billeteras y las llaves dentro de sus jeans, y los llevan puestos todo el día. “Hay que estar buzas”, advierten con sonrisas resignadas.
La estación lluviosa aún no termina en el país. La amenaza es cada día, con cada lluvia. Y no solo se trata de perder una casa. Para estas personas se puede perder mucho más. En estas dos colonias hay quienes corren un riesgo mayúsculo de morir, y también los niños.