El ascenso ha sido casi imparable. Después de una caída libre a lo largo de cuatro años interminables iniciados en 1998 y que encontró su punto más bajo en 2001 —cuando el crecimiento fue apenas de 0.6%— la economía panameña ha mostrado un dinamismo sin igual que los países del área desearían para sí.
El “Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe, 2006” de la CEPAL situaba a Panamá como la cuarta economía más pujante del subcontinente. Solo por debajo de Venezuela, República Dominicana y Argentina.
Aunque si se toman los datos oficiales y definitivos del Gobierno, la posición en el ránking podría fácilmente subir uno o dos escalones más. Según las estadísticas de la Contraloría General de la República, en 2006, el crecimiento del PIB fue de 8.7%. El más alto alcanzado por el país en toda la década.
Las cifras del primer semestre de 2007 no son menos alentadoras. En el período indicado, la Contraloría registra un crecimiento del PIB de 9.6%. Un alza importante con respecto a los primeros seis meses de 2006, cuando el aumento fue de 8.3%.
Esa diferencia hace, incluso, proyectar una expansión económica más marcada para finales de este año, la cual podría rondar en 10% y podría ser la tasa más alta de toda la región, según los datos oficiales.
De hecho, el FMI respalda la previsión de que Panamá será el país que más crecerá en América Latina, aunque proyecta una cifra menor: 8.5%. Incluso, para 2008, la entidad plantea un crecimiento de 8.8%.
En ese panorama de bonanza, las campañas triunfalistas han sido, naturalmente, lanzadas al vuelo. El Gobierno tiene tal optimismo ante el crecimiento que incluso codicia la posibilidad de dar un salto en la escalera del desarrollo.
El sentimiento de algunos estudiosos y de gran parte del mundo político panameño podría perfectamente resumirse en las frases del economista Aristides Hernández, de la firma Latin Consulting: “Este país está de moda y es un país condenado al éxito. De moda, porque la gente cree en Panamá. Y condenado al éxito por varias cosas: porque tiene las condiciones para crecer, generar riqueza, hacer negocios”.
El director nacional de la Dirección de Asesoría Económica y Financiera de la Contraloría General de la República, Roberto Mendieta, cree, de hecho, que el caso panameño ha servido para romper la tesis que propugna la existencia de ciclos que dictan el auge y la contracción de las economías.
“Antes se decía que los crecimientos eran cíclicos y que cada tres o cuatro años bajaban o subían. Hemos demostrado que han pasado tres y vamos para el sexto año de un crecimiento sostenido ascendente. Seis años consecutivos. Es decir que rompimos con el esquema y esto seguirá sosteniéndose”, dice el director.
Parafraseando a un profesor del INCAE, el consultor financiero Renán Harari remata ese sentimiento asegurando: “Lo único que falta en Panamá es que caiga nieve”.
Las condiciones que reúne el país canalero y de las que ahora hablan los especialistas son en realidad producto de una conjunción de factores naturales, políticos y apuestas económicas que juntos han servido para dinamizar sectores claves.
Entre esas condiciones, los economistas mencionan la posición geográfica estratégica del país, el uso del dólar como moneda de uso corriente, la estabilidad macroeconómica y la consolidación democrática que se viene experimentando desde 1990.
Los sectores que más se han beneficiado de estas condiciones han sido las actividades comerciales y de servicios con las que tradicionalmente se ha asociado más al país: los puertos, los ferrocarriles, la Zona Libre de Colón, el centro financiero y por supuesto el canal.
Sin embargo, de la mano del auge de estos sectores, también se han levantado otros de gran importancia: la construcción, el sector inmobiliario, el turismo, la explotación de minas y canteras y los hoteles y restaurantes. En el primer semestre de este año, todas las actividades antes mencionadas tuvieron un crecimiento de entre 15.4% y 21.8%.
Más allá de esos logros actuales, la esperanza de los académicos, los analistas y los políticos en el futuro no es gratuita. El panorama en el horizonte da señales que desatan esa fe sin reservas.
El plan de ampliación del canal por sí solo provoca buena parte de esa confianza. El proyecto valorado en $5,200 millones y el cual generará cerca de 74,000 empleos directos e indirectos en su pico de construcción tendría incluso la capacidad, afirman, de volver a poner en marcha la economía, en dado caso esta sufra eventualmente algún atascamiento en los próximos cinco años.
Por si fuera poco, las abultadas cifras de Inversión Extranjera Directa (IED) y de inversión público-privada complementan el cuadro. Solo en 2006, la IED alcanzó los $2,560 millones.
Publicaciones especializadas sostienen, además, que la inversión público-privada en los próximos cinco años ascendería a más de $15,000 millones solo con la construcción de los proyectos de energía, puertos y finca raíz que están ya sobre la mesa.
La confianza de Mendieta es tanta que se atreve a vaticinar que solo una catástrofe natural de enormes proporciones podría refrenar el auge actual.
Los empresarios reunidos en la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa (APEDE) suavizan, sin embargo, el tono, argumentando que dada las condiciones de apertura comercial de la economía panameña los factores económicos externos podrían jugar eventualmente una mala jugada.
“Algunos de los problemas que podría tener Panamá serían circunstancias relacionadas con la economía mundial: que haya una recesión mundial donde China se caiga, Estados Unidos se caiga, Europa se caiga y que en América del Sur haya una crisis espantosa y que vuelvan las inflaciones grandísimas. Entonces pasan menos barcos, exportamos menos. Como Panamá es una economía muy abierta y tiene mucha relación con lo que está pasando fuera, pues lo que puede afectar son los shocks externos”, dice el presidente de APEDE, Juan Carlos Mastellari.
Justamente, Panamá tiene, para defenderse de la volatilidad externa, pocas herramientas. A lo sumo, la sanidad de sus finanzas.
“Panamá está muy vinculada a lo que pasa afuera. Hay que monitorear. Porque (la crisis financiera de EUA si se convierte en crisis económica) puede tener un impacto en la economía panameña y teniendo en cuenta que Panamá tiene dólares y no tiene variable en la regulación monetaria, lo único que puede controlar Panamá es el superávit o déficit fiscal. No hay nada más que pueda tener injerencia en la autoridad del país a los efectos que haya estabilidad macroeconómica”, opina Darío Epstein, analista económico y financiero de la cadena de noticias CNN.
El Gobierno ha dado pasos certeros en la disminución del enorme déficit que exhibían las cuentas nacionales. En 2004, el Balance Fiscal del Sector Público No Financiero mostraba un déficit de $691 millones, equivalente a 4.9% del PIB. El esfuerzo de reducción ha dado frutos y en 2006, luego de 10 años de déficit continuos, se logró un superávit de $87.8 millones, es decir 0.2% del PIB.
El excedente aún es muy reducido y algunos se atreven a pronosticar un regreso a cifras deficitarias en 2007 y 2008.
La otra preocupación para la estabilidad macroeconómica es la inflación. Mientras el promedio de los últimos seis años ha estado situado cerca del 1.8%, durante el primer semestre de 2007, la inflación se disparó a 2.6%. “Este año la inflación se ha convertido en un tema que requiere observación. Si bien la inflación en el trimestre fue de 2.6%, algo similar al 2.3% del año pasado, este año se observó una tendencia creciente y con un mayor aumento en el renglón de alimentos de la canasta básica de alimentos, aunque se registra un precio menor del combustible en los primeros meses del año”, refiere el informe semestral del Ministerio de Economía y Finanzas.
El crecimiento de la deuda —a pesar de la mejora en los ingresos fiscales— representa también un factor de preocupación para algunos. La deuda pública total pasó de $10 millones 231,000, en 2005, a $10 millones 712,000 hasta agosto de 2007.
Mastellari matiza señalando que aunque en términos absolutos la deuda, sin duda, ha experimentado una tendencia creciente, en términos relativos, la relación de la deuda con respecto al PIB ha sido más bien decreciente.
Pero el ex ministro de Economía, Ricaurte Vásquez, no encuentra alivio en eso. El ex funcionario cree que la composición del gasto público puede volver insostenible en el tiempo un crecimiento de las actuales magnitudes.
“Eso nos lleva realmente a una situación donde la composición del gasto público es crítica. El Estado todavía tiene un elemento de gasto corriente relativamente alto y la necesidad más importante en este momento, a mi juicio, tendría que ser dotar de infraestructura al país. Es vital que el país renueve toda su base de infraestructura. De lo contrario, no puede sostener el crecimiento que está experimentando, y allí está posiblemente uno de los cuellos de botella que podamos ver a mediano plazo”, dice.
Cerrar las brechas
Más allá de las preocupaciones macroeconómicas, muchos analistas expresan también su inquietud por la escasa incidencia que el crecimiento está teniendo en los sectores más pobres.
Ciertamente las cifras que dan cuenta de los niveles de pobreza han mostrado una tendencia a la reducción desde 1997. Pero según la última contabilización del fenómeno (2003), había aún en el país un total de 36.8% de personas viviendo en la pobreza general. De esas, un 16.6% entraban en la categoría considerada como pobreza extrema.
El desempleo total, por su parte, muestra una disminución de 11.8% a 8.7%, de 2004 a 2006. Sin embargo, la felicidad dura poco cuando se observan las elevadas tasas de empleo informal: 46.3%, en 2006.
Para el economista y catedrático de la Universidad de Panamá, Rolando Gordón, el que la pobreza y el desempleo se reduzcan tan poco es el resultado de una economía que si bien crece a niveles espectaculares, mantiene una dinámica de enclaves aislados y totalmente volcados hacia el exterior, los cuales son incapaces por sí solos de jalonar y dinamizar a los demás sectores en su conjunto.
“Los sectores que están creciendo son los que nos ligan con la economía internacional, pero que tienen poco o ningún contacto con la economía nacional. Son solo enclaves económicos. Ese es el problema. Eso lo que trae como consecuencia es que el dinero que se genera en esos enclaves no llegue a la ciudadanía y entonces no disminuye ni la pobreza ni el desempleo”, sostiene.
Gordón asevera, de hecho, que en Panamá cohabitan dos tipos de economías: una pujante vinculada a los mercados internacionales y otra deprimida, de carácter interno.
¿Qué hacer entonces para que el crecimiento se traduzca en una reducción tangible de la pobreza?
Gordón apunta una serie de elementos que podrían, aprovechando los “enclaves” existentes, dinamizar el engranaje económico en su conjunto: lograr que el Estado llegue a acuerdos con la flota naviera que pasa por el canal para venderles productos agrícolas, impulsar una política industrial consistente, hacer que el Estado compre tierras ociosas y las reparta entre los pequeños productores y poner a disposición de estos préstamos bancarios en condiciones favorables.
Aunque no todos comparten la visión del catedrático, en lo que sí coinciden absolutamente todos los especialistas consultados es en la urgente necesidad de hacer una reforma que mejore tanto el sistema educativo como el de salud.
A simple vista, los presupuestos que el Estado destina a ambos rubros parecerían desmentir las apreciaciones de los economistas. Tanto el gasto total en Educación como el de Salud han experimentado incrementos significativos en el período 2003-2006, pasando de $729 millones a $1,031 millones, el primero, y de $1,501 a $1,861, el segundo.
De hecho, según el vicepresidente de la República y ministro de Relaciones Exteriores, Samuel Lewis, el actual presupuesto de inversión social es el más alto que ha habido en la historia del país. “La manera de darle sostenibilidad a este progreso es que todo mundo pueda participar de él, y allí se han hecho grandes esfuerzos”, sentencia.
El problema, apuntan todos los economistas, es en primer lugar que la mayoría de esos fondos presupuestarios son destinados al pago de salarios, y en segundo lugar, que la calidad es todavía muy baja.
Para algunos, el no atender directamente los problemas en estos dos sectores podría poner en peligro la estabilidad política y ser caldo de cultivo para que partidos poco afines a la democracia los tomen como banderas y puedan llegar al poder. Los analistas agregan que el rumbo económico bajo un régimen de este tipo quedaría en entredicho.
Por ese mismo motivo, el ex ministro de Economía Ricaurte Vásquez opina que como una forma de prepararse para la “época de las vacas flacas” es imperativo que ahora que el país está en pleno crecimiento se hagan las reformas y las inversiones necesarias en el recurso humano, destinadas también a cerrar las grandes brechas sociales.
La gran interrogante, compartida por muchos, es justamente qué pasará después de esta espectacular década. Mientras Lewis asegura que después de 10 años es muy posible que el país dé un salto hacia ser desarrollado, Vásquez no vaticina nada grandioso si no se hacen los drásticos ajustes enunciados. “Si no se hacen los ajustes, este va a ser un país emergente con un canal ampliado. En este momento, esta administración y la siguiente o toman decisiones que son profundas o seremos un país emergente con un canal ampliado”, concluye. El crecimiento es sorprendente, pero aún tiene sus sombras. er