Mauricio H. es un menor hondureño de 13 años, que dejó su país en busca del sueño americano. Su fin era llegar para poder ayudar a su familia de escasos recursos económicos, ya que la ayuda que él les podía dar con trabajos agrícolas en Honduras es poca.
Viajaba solo, pues sus padres no podían costear su viaje con un coyote, que cobra usualmente $8 mil.
Sin embargo, no contaba con que su sueño quedaría truncado momentáneamente, como él mismo relata. Mientras viajaba sobre uno de los vagones del tren de Chiapas, México, un cable de alta tensión, oculto entre las ramas de un árbol, hizo contacto con su cuerpo y lo tiró del tren.
“No me acuerdo de nada, cuando desperté estaba en un hospital todo lleno de llagas. Mi familia ya sabe y quieren que me vaya para Honduras, pero ‘nomás’ me recupere, me voy para arriba de nuevo. Tengo que ayudarlos”, dice el niño, interno en el albergue El Buen Pastor, en Tapachula, México.
Según un estudio del Centro de Recursos Centroamericanos (CARECEN), el 72 por ciento de los menores migrantes centroamericanos son niños, y un 28 por ciento son niñas. En el caso de El Salvador, el 63 por ciento son del sexo masculino y el 37 por ciento restante son niñas. El rango de edad en más frecuente es entre los 13 y los 17 años y su destino principal es EUA.
“Se pudieron detectar algunos adolescentes que rebasaban los 18 años, que al ser interceptados mentían diciendo que aún eran menores, con la finalidad de que pudieran ser dejados libremente con mayor facilidad y poder intentarlo de nuevo”, asegura el estudio. Añade que un 46 por ciento de los menores trabajaba, principalmente en agricultura, antes de emigrar. El 30 por ciento estudiaba.
El informe señala que los menores salvadoreños son quienes más emigran por reunificación familiar, con un 57 por ciento de representatividad, seguido por la situación económica con un 38 por ciento, y en menor escala emigraron por la inseguridad y delincuencia.
Durante el viaje, los menores tienen que lidiar con maltratos, abusos y detalles que hacen más pesado el trayecto. De los menores entrevistados, un 74 por ciento aseguró que no fue víctima de abuso al momento de la interceptación. Sin embargo, entre las quejas más comunes del 26 por ciento restante está la agresión verbal, la agresión física y el robo de dinero.
Además, durante su estancia en la estación migratoria se quejaron en gran medida por la falta de higiene y por los alimentos: 3 por ciento reportaba haber sido víctima de abusos.