Eran tres paquetes. Cada uno con 10 títulos que reunían lo más “importante” y elemental de la literatura salvadoreña. Hablamos de la colección Biblioteca Básica, que cumple en 2006 los 10 años de haber salido al público y que conserva todavía en las bodegas de la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) más de la mitad de la cantidad original de tomos que ingresó a esta editorial, provenientes de Costa Rica (lugar de la impresión) y después de un proceso de distribución de miles de ejemplares que el Ministerio de Educación de entonces llevó a cabo.

Hoy es el Día Internacional del Libro. Confluyen los aniversarios de muerte de Miguel de Cervantes, Garcilaso de la Vega y William Shakespeare (tomando como referencia dos calendarios diferentes, el gregoriano y el juliano). La fecha fue declarada por el Fondo de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) después de que la Unión Internacional de Editores lo propuso. Gobiernos como el salvadoreño lo celebran, y en el caso del país, una Semana Nacional de la Lectura se toma agenda pública en esta línea para la promoción del hábito de la lectura y del libro en general.
En este entorno, en 1996, la colección Biblioteca Básica tomó la batuta como el proyecto de tiraje editorial más grande de la historia de este país. Según datos proporcionados por el departamento de ventas de la Dirección de Publicaciones e Impresos, los que ingresaron a las bodegas, provenientes de Costa Rica (en donde la Litografía e Imprenta Lil, S. A. los imprimió luego de ganar la licitación pública) fueron 520 mil ejemplares de libros: 150 mil del tomo 1, 250 mil del tomo 2 y 120 mil del tomo 3.
El tiraje total (de 870 mil) fue identificado por Miguel Huezo Mixco, director de Publicaciones e Impresos en aquella época, como “quizá excesivo”, aunque explicó que el carácter de la colección y del proyecto en general no era de tipo comercial, sino de difusión de los autores “canónicos” de nuestra literatura.
Son incontables
Claudia Guerra, gerente de ventas de la dirección de publicaciones, dice haber recibido cuestionamientos acerca de la labor de distribución de esta colección. De hecho, de lo ingresado a la DPI, aproximadamente el 50% continúa sin ser distribuido. “Pero es que es una colección enorme, son grandes cantidades las que se mueven. Sin embargo, hemos conseguido avanzar mucho.”
Ella también reconoce que para poder distribuir los casi 270 mil libros que aún sobreviven, su poder de acción es más reducido, pues, por ejemplo, antes de llegar a la dirección, los libros, en el caso de la primera parte de la colección (los 10 primeros títulos), ya habían pasado por un proceso fuerte de distribución por parte del Ministerio de Educación, que presidía Cecilia Gallardo de Cano, en las escuelas públicas del país.
Sin embargo, los argumentos de Guerra tienen que encontrarse con percepciones obvias como la de los números que representan esta colección.
Manuel Fernando Velasco, que es licenciado en Letras de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), fue profesor de bachillerato de colegios privados, es autor del libro “Técnicas de expresión oral y escrita” para estudiantes de nuevo ingreso, opina: “La idea de este proyecto me parece buena, pero el tiraje fue excesivo para un país que no se caracteriza precisamente por tener cultura de lectura”.
En la línea de lo que dice Velasco se encuentra la encuesta más reciente sobre lectura que se ha hecho en el país, elaborada en febrero de 2004 por la Universidad Francisco Gavidia, que establecía: “Un 51% de la población adulta salvadoreña aseguró nunca haber leído un libro completo en su vida, y un 49% afirmó nunca haber visitado una biblioteca”. La encuesta se hizo en 60 municipios del país a personas con documento único de identidad.
“Es que el esfuerzo pierde sentido cuando se gastan miles de dólares que terminan transformándose en libros embodegados, porque no hay una estrategia de divulgación”, añade Velasco.
Guerra asegura que se trabaja —con lo que se puede— por lograr que los libros se distribuyan, en materia de ventas principalmente.
Los paquetes tienen el precio de $11.43. Del primero al tercero están ordenados a partir de períodos de la historia literaria nacional. Así, en el primero de los paquetes se puede encontrar a Salarrué, Alfredo Espino, Arturo Ambrogi, Hugo Lindo, etc. En el segundo, a Ricardo Trigueros de León, Álvaro Menen Desleal, Claribel Alegría, y otros. Y en el tercero, obras de Alfonso Kijadurías, David Escobar Galindo, José Roberto Cea, etc.
“Es que se seleccionaron los autores y las obras que representaron las bases de la literatura en el siglo XX”, señaló Miguel Huezo Mixco hace varios meses.
Pero “como muchos, tengo una colección de esa biblioteca porque alguien me la regaló, y hay que ser honestos: no son textos que las personas que tenemos alguna cultura literaria nos preocupemos por comprar”, añadió.
La DPI maneja varias vertientes para que sus libros se muevan en librerías o en otros espacios. Existen los conceptos de donación, los de distribución de deposito legal y los de comercialización.
En materia de comercialización, en donde se incluyen también los libros que se venden de la colección Biblioteca Básica, se puede percibir que 35 mil han salido para ser vendidos, de una producción cercana a los 60 mil ejemplares en 2005.
No obstante, los números específicos de la Biblioteca Básica nos señalan que solo 30 mil ejemplares, aproximadamente, salieron como “comercializados” desde 2004.
Esta colección, la más grande del país, sigue entonces vivita y coleando, con miles de libros en las bodegas, nuevos, pero con 10 años de viejos.